El cuerpo de las mujeres, la sexualidad patriarcal y sus exponentes actuales: el neoliberalismo sexual y la prostitución

Comenzamos el quinto módulo del posgrado en los Malestares de Género con uno los grandes mandatos de género de las mujeres que nos producen nuestros malestares: el cuerpo y la sexualidad.

Introducimos estos temas con dos interesantísimas clases presenciales de dos grandes profesionales: Soledad Muruaga, presidenta de la asociación Mujeres para la Salud y codirectora de la Escuela ESEN; y Ana de Miguel, conocida filósofa feminista especializada en el análisis del neoliberalismo sexual y el tráfico y trata de mujeres.

 

El cuerpo de las mujeres y cómo éste se convierte en uno de los ejes centrales de nuestras vidas

¿Cómo socializamos las mujeres nuestro cuerpo y nuestra relación con él?, ¿qué consecuencias tiene estos aprendizajes y esta socialización sobre nuestra salud mental, física y, en definitiva, integral? Son las dos preguntas centrales de la primera parte de la clase de hoy, durante la que Soledad Muruaga nos ha llevado a una reflexión muy vivencial sobre qué nos pasa a cada una de nosotras, qué obstáculos hemos tenido y cómo los hemos superado, o qué nos queda por trabajar.

Desde nuestra infancia, y cada vez desde edades más tempranas, las mujeres aprendemos que tenemos que ser atractivas. Pero partimos de la idea generalizada de que tenemos un cuerpo imperfecto que necesita ser arreglado. Este es el principal mandato de género sobre el cuerpo de las mujeres. Y lo interiorizamos hasta tal punto de que nos agotamos ante el intento, siempre frustrado, de cumplir las exigencias de la belleza patriarcal. Terminamos tan agotadas que no nos quedan energías para abarcar nuestro crecimiento personal y nuestro empoderamiento.

La belleza de las mujeres se asocia con el prestigio social, el ser triunfadora, tener una alta autoestima, ser elegante, ser conquistadora, estar en forma… Se ensalzan la figura, la delgadez y la juventud como criterio de belleza de las mujeres. Algo que, además, tiene fecha de caducidad, porque al no ser joven, al envejecer, dejas de ser atractiva.

El resultado de la interiorización de estas creencias es que la inmensa mayoría de las mujeres, por no decir todas, tenemos una insatisfacción corporal. Las mujeres valoramos negativamente nuestros cuerpos y nuestras características físicas, lo que nos genera grandes malestares. No tenemos una autoestima sana centrada en nuestra visión de nosotras mismas, sino que la enfocamos en nuestro cuerpo, en cómo nos ven las personas de nuestro entorno. Es lo que llamamos falsa autoestima. Nos genera ansiedad, desadaptación… e incluso el desarrollo de trastornos alimentarios, algunos muy graves como la anorexia y la bulimia.

Nuestros cuerpos acaban siendo así, para nosotras, un elemento central de nuestras vidas. Dedicamos gran parte de nuestro tiempo a intentar suplir esa insatisfacción corporal. Pero en vez de hacerlo trabajando sobre la visión que de nosotras mismas tenemos, lo hacemos maltratando nuestro cuerpo con multitud de procedimientos químicos, dietas insanas, intervenciones quirúrgicas… que afectan a nuestra salud física e integral.

Una auténtica tiranía de los modelos impuestos que, lejos de superar, se va acrecentando. El impacto de los medios de comunicación, la publicidad, los modelos de mujer que vemos en el cine… hace que estas reglas sean todavía más rígidas. El resultado, y la gran paradoja, es que las mujeres modernas nos empoderamos a nivel colectivo en la esfera pública, pero, sin embargo, nos vamos desempoderando a nivel individual en el terreno de lo privado y con nuestros cuerpos. Nos venden que sólo cumpliendo los modelos de belleza patriarcal podemos triunfar, lo que tiene graves consecuencias sobre la visión que tenemos de nosotras mismas y sobre nuestro desarrollo personal.

Ana de Miguel con Soledad Muruaga en la Escuela ESEN antes de comenzar la clase del posgrado en Malestares de Género

La sexualidad patriarcal, un modelo que perpetúa la división de géneros

Muy relacionado con esta insatisfacción corporal encontramos la construcción de la sexualidad femenina.

Indudablemente, uno de los pilares del patriarcado es el control de la sexualidad de las mujeres. El patriarcado se forma y sostiene desde dos ejes fundamentales: la división sexual del trabajo, en la cual nosotras tenemos una posición de subordinación, y la imposición de un modelo de familia tradicional que, como principal agente socializador, mantiene todos los mandatos de género femeninos y masculinos, con el inri, además, de que también nosotras, las mujeres, somos las transmisoras de ese modelo que nos perjudica.

Mujeres y hombres aprendemos de manera totalmente diferenciada nuestra sexualidad. Para nosotras, el aprendizaje de nuestra sexualidad se realiza desde la represión, la manipulación y el chantaje, impidiendo el empoderamiento sexual y nuestro desarrollo como ciudadanas.

Desde la experiencia de las profesionales del Espacio de Salud Entre Nosotras, el centro terapéutico donde desarrollamos la metodología que hemos llamado Psicoterapia de Equidad Feminista y que hoy transmitimos a otras mujeres profesionales en la Escuela ESEN, la mayoría de las mujeres viven su sexualidad sin conciencia de sus derechos sexuales y muchas la descubren a través de experiencias opresivas o dañinas.

Las mujeres aprendemos una sexualidad puesta a disposición y servicio del hombre, falocéntrica y basada en la penetración, aprendemos a ser pasivas y a fingir orgasmos, para nosotras el sexo es un deber que enfocamos en el otro y no desde nuestro disfrute personal. Tenemos un absoluto desconocimiento de nuestro cuerpo, nos autorresponsabilizamos de la toma de anticonceptivos cuando debe ser una responsabilidad compartida, y lo vivimos en el secretismo.

Pero en realidad, si no queremos a nuestro cuerpo, si lo maltratamos nosotras mismas, ¿cómo vamos a tener relaciones sexuales basadas en el buen trato?

 

Los diferentes modelos de la sexualidad de las mujeres

Basándonos en nuestra experiencia en el Espacio de Salud Entre Nosotras hemos observado que, en función de la generación de cada mujer, vivimos de una manera diferenciada nuestra sexualidad. En base a esto establecemos tres modelos diferenciados:

  1. El modelo conservador tradicional patriarcal, que viven las mujeres más mayores y que equipara la sexualidad con la reproducción. Se establece un modelo monogámico, en el que el divorcio no tiene cabida, heterosexual y falocrático. El hombre tiene todo el dominio sobre la mujer y los deseos de ella no importan en absoluto, es un ser pasivo que debe conservar su pureza.
  2. El modelo liberal, correspondiente a las mujeres de mediana edad, que vivieron los años de la (supuesta) revolución sexual y que comenzaron a observar sus derechos sexuales, como los métodos anticonceptivos. El sexo para ellas es reproducción pero también placer, si bien siempre está unido a los mitos del amor romántico.
  3. El modelo posmoderno o progresista, atribuido a las mujeres más jóvenes, que separan su sexualidad del sentimiento amoroso, tienen múltiples parejas sexuales y valoran la transgresión, dentro de la cual todo vale. Continúa en ellas el modelo de dominación y sumisión, incluso dentro del lesbianismo. El pene y la sexualidad masculina sigue siendo sobrevalorizada, es un negocio falocéntrico en el que se negocia y mercantiliza con el sexo. Estas mujeres combinan en ellas los mandatos tradicionales (el sexo destinado a formar una familia, la sumisión, la conservación de la virginidad…) con los mandatos modernos (la promiscuidad), lo que genera grandes conflictos sobre su psique.

Pero hay una cosa común a todos estos modelos: continúan siendo perjudiciales para nosotras, generándonos muchos conflictos y no permitiéndonos vivir nuestra sexualidad de una manera plena y satisfactoria para nosotras mismas.

En contraposición a estos modelos, en Mujeres para la Salud trabajamos un modelo basado en las relaciones sexuales, corporales y mentales de buen trato, en el que las mujeres no permitamos que alguien haga algo que nuestro cuerpo no desee. Buscamos el valorar el cuerpo de las mujeres, para lo que debemos reconocernos y sexualizarnos, tocarnos para descubrir dónde está nuestro propio placer, que nos gusta y qué no.

 

El neoliberalismo sexual y la prostitución

Muy relacionados con la sexualidad patriarcal de las mujeres encontramos los temas del neoliberalismo sexual y la prostitución, asuntos que abarcamos en la segunda parte de la clase con la filósofa feminista Ana de Miguel.

“No podemos entender la relación actual entre hombres y mujeres si no analizamos previamente la historia”, afirmaba Ana de Miguel en el comienzo de su exposición. Desde la mitología griega y la afirmación de Aristóteles de que las mujeres somos como vasijas vacías destinadas a contener una descendencia que era creada y engendrada por él hasta las películas actuales que perpetúan la invisibilización de la mujer para quitarle, incluso, el papel de maternidad que la sociedad nos otorga, analizamos con ella cómo desde el aprendizaje individual y colectivo perpetuamos ese sistema de dominación del hombre hacia la mujer.

Ana de Miguel con el manual “La salud mental de las mujeres: la Psicoterapia de Equidad Feminista” antes de comenzar su clase.

La socialización patriarcal de la sexualidad de los hombres nos lleva a entenderla como algo necesario para su desarrollo personal. Mientras las mujeres somos pasivas, ellos son activos, ellos necesitan el sexo y estar sexualmente satisfechos para, a partir de ahí, poder desarrollar otras cualidades personales.

Y precisamente esto es lo que perpetúa, consiente y legitima cuestiones como la violación o la prostitución. Si bien la violación es hoy entendida como algo negativo, ¿qué sucede con la violación dentro del matrimonio o el noviazgo? Es algo más invisibilizado, incluso cuenta con cierta comprensión social, porque dentro de esa institución el hombre tiene derecho a acceder al cuerpo de la mujer, que es de su posesión.

Lo mismo sucede con la prostitución, que Ana de Miguel califica como el derecho de los hombres a tener libre acceso al cuerpo de las mujeres. Frente a la violación, socialmente rechazada, la prostitución ha sido continuamente legitimada desde todos los sectores sociales.

Las mujeres prostituidas, por su parte, representan al ideal del hombre en la sociedad patriarcal: una mujer a la que poder acceder libremente, si bien tienen que pagar una compensación económica variable, después no tienen que atender ni cuidar.

Como resultado de la revolución sexual de los años 60 (“a la que yo prefiero llamar revolución patriarcal”, afirma Ana de Miguel), el sexo está tomando un protagonismo enorme en nuestra identidad. Y dentro de nuestra satisfacción sexual, todo tiene cabida, todo es válido.

Es el neoliberalismo sexual, en el que todo vale, en el que está permitido mercantilizar libremente con todo lo que sea susceptible de darme dinero. El cuerpo de las mujeres es, dentro de este neoliberalismo sexual, algo con lo que se puede mercantilizar, a libre disposición de los varones y, sobre todo, del poder. La prostitución y los vientres de alquiler, tema del que hablaremos durante la segunda clase presencial de este módulo con Alicia Miyares, son consecuencias claras de este neoliberalismo sexual.

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